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Marcelo Adrián, Villalmanzo (Burgos)

Domingo 29 de noviembre de 2009, por Jesús Valbuena

Rodrigo Pérez Barredo ha narrado en el Diario de Burgos la increíble biografía de Marcelo Adrián. Aunque Marcelo, héroe de Baler, era natural de este pueblo burgalés, el misterio de la tumba sin nombre del camposanto de Buenache de Alarcón, en la provincia de Cuenca, se prolongó durante seis décadas.


Memoria de los últimos héroes

Un documental rescata la historia del ‘Sitio de Baler’, la resistencia de un puñado de españoles al asedio de los tagalos. La cinta se podrá ver en Villalmanzo, de donde era Marcelo Adrián Obregón, uno de ‘Los últimos de Filipinas’

R. Pérez Barredo | Burgos
11/10/2009

http://www.diariodeburgos.es/noticia.cfm/Vivir/20091011/memoria/ultimos/heroes/4054CDE

Fueron los últimos soldados del imperio español», asegura Jesús Valbuena, director del documental Los últimos de Filipinas. Regreso a Baler, realizado por Musas Producciones. La delirante historia de aquel reducido grupo de españoles que resistieron atrincherados en una iglesia de la localidad filipina de Baler a un asedio inagotable durante casi un año entero es uno de los episodios más épicos y fascinantes de la historia contemporánea.

Valbuena, bisnieto de uno de aquellos héroes, el cabo palentino Jesús García Quijano, narra en el documental el empeño de los descendientes de quienes protagonizaron la gesta para rescatarles del olvido en un viaje al Baler actual.

La cinta ya se ha proyectado en el Instituto Cervantes de Manila y en Baler, y ahora, según ha confirmado a este periódico Valbuena, se está organizando su estreno en las localidades natales de los 33 supervivientes, entre las que se encuentra Villalmanzo, pueblo burgalés de donde era natural uno de ellos, el soldado Marcelo Adrián Obregón.

El documental se ha filmado en varios puntos de España y Filipinas «con protagonistas reales y sin decorados ni disfraces para contar, en boca de los descendientes de los protagonistas de ambos bandos, los hechos históricos que culminaron en el célebre salvoconducto de Emilio Aguinaldo, primer presidente filipino, reconociéndoles como ‘amigos’ en lugar de prisioneros de guerra tras un terrorífico asedio durante 337 días», apunta el
director.

‘Yo te diré’, en tagalo.
Entre las secuencias más relevantes del documental destaca el primer homenaje colectivo a los Héroes de Baler, celebrado en 2005 en Barcelona, el hermanamiento de Palencia con la provincia de Aurora, cuya capital es Baler, o la visita a la remota iglesia del entonces ministro de Defensa José Bono, además de las entrevistas con los descendientes y la colaboración del cantautor hispano-filipino Luis Eduardo Aute.

Además, Musas Producciones ha realizado, por primera vez, una versión en tagalo y castellano de la célebre canción ‘Yo te diré’, banda sonora del clásico del cine español de la posguerra Los últimos de Filipinas (1945). «Es un cuaderno de notas y reflexiones sobre un episodio sin vencedores ni vencidos. El mecanismo auto-corrector de la Historia y el código de honor universal de Baler son su hilo conductor», resume Valbuena.

Una historia increíble.

El 27 de junio de 1898, en pleno desplome colonial del decrépito imperio, una guarnición formada por cuatro oficiales y 50 soldados españoles, atrincherados en la ermita de una villa llamada Baler, fue sitiada por los insurrectos filipinos. Los tagalos creyeron que serían pan
comido. Pero toparon con la iglesia; mejor dicho: con quienes en ella se apostaron dispuestos a pagar con su vida antes que a rendirse. No les importaron las bajas por deserción, enfermedad (el beriberi) y o la muerte consecuencia de ésta o de las heridas de bala que diezmaron al grupo hasta reducirlo a 33. Resistieron, desoyendo las órdenes de rendición y las ofertas de paz -hasta cinco, que les hicieron llegar los sublevados tagalos. No creyeron las informaciones que les anunciaban una y otra vez que la guerra había terminado, que España había perdido Filipinas.

Once meses después, exhaustos, hambrientos y alucinados, recibieron un ejemplar del periódico español El Imparcial, el único que casi medio año después del final de la contienda se acordaba de aquel puñado de valientes. En el destacamento izaron la bandera blanca con una condición: honor y vida. «Capitulamos porque no tenemos víveres, pero deseamos hacerlo honrosamente. Deseamos
no quedar prisioneros de guerra y que admitan otras condiciones que expondremos, de las que levantaremos acta. Si se han de portar con nosotros de mala manera, han de decirlo, porque en este caso no nos rendiremos. Pelearemos hasta morir y moriremos matando».

La condición fue respetada desde la admiración por el nuevo jefe del archipilélago, Emilio Aguinaldo, quien ensalzó a aquellos heroicos españoles como «amigos, protagonistas de una epopeya propia de los hijos del Cid y de Pelayo...» y por «el valor, la constancia y el heroísmo con el que han defendido su bandera por espacio de un año». Cuando abandonaron la iglesia 337 días después, eran fantasmas famélicos. En España fueron recibidos como héroes. Aquellos tipos audaces ya son leyenda.

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(Reportaje escrito por Rodrigo Pérez Barredo en Diario de Burgos)

El último de Filipinas

De Baler a la gloria. Marcelo Adrián Obregón, natural del pueblo burgalés de Villalmanzo, y otros 54 españoles resistieron casi un año de asedio atrincherados en la iglesia de la localidad de Baler. Fueron Los últimos de Filipinas

El misterio de la tumba sin nombre del camposanto de Buenache de Alarcón, un pequeño pueblo de Cuenca de apenas seiscientos habitantes, se prolongó durante seis décadas.

Nadie en la localidad sabía quién se hallaba enterrado en aquella fosa cubierta por la maleza de la que sólo asomaba, corroída por el óxido, una cruz antigua. Sin embargo, bajo un grueso manto de tierra de treinta centímetros, se escondía una lápida en la que todavía era visible una inscripción: Aquí yace Marcelo Adrián Obregón, Héroe de Baler. Los restos de este enigmático personaje fueron exhumados hace seis años. Y con ellos su historia. Nacido en el pueblo burgalés de Villalmanzo en el año 1877, vivió en primera línea el desvanecimiento de los últimos vestigios del imperio español en aquel dramático capítulo de la historia conocido como Desastre del 98, cuando España perdió sus posesiones de ultramar: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam. Enrolado en el Batallón de Cazadores Expedicionarios número 2 combatió en esta última colonia. Y lo hizo hasta el final. No en vano, perteneció al reducido grupo de soldados españoles que resistió durante 337 días en la iglesia de la aldea filipina de Baler a los ataques de unos 800 sitiadores tagalos, negándose a la rendición a pesar de que la guerra -ellos no lo sabían y luego no lo quisieron saber- había concluido varios varios meses antes. Aquella gesta heroica y audaz, acaso el último ejemplo del orgullo de una nación en otro tiempo vasta y temida, les valió el sobrenombre con el que han pasado a la historia y al imaginario colectivo de nuestras tragedias.

Marcelo Adrián Obregón y otros 54 españoles fueron Los últimos de Filipinas.

Por mucho que la prensa y los políticos se empeñaran en ocultar la realidad, ésta se impuso de forma inexorable. A finales del siglo XIX España distaba un abismo de ser aquella superpotencia mundial que había llegado a tener a medio globo terráqueo a sus pies. Era un país decadente, atrasado, que vivía de las viejas nostalgias de un imperio que ya sólo deslumbraba en el recuerdo.

Se había subido tarde al tren de la revolución industrial, los índices de analfabetismo eran sonrojantes y, para colmo, estaba estrangulado políticamente por un caciquismo dañino y ruin, que campaba a sus anchas a pesar de haber conquistado el liberalismo. El Desastre del 98 fue como certificar la defunción de un enfermo en estado de coma. Marcelo Adrián Obregón, hijo de Francisco y Petra, había nacido en la localidad burgalesa de Villalmanzo. Con apenas veinte años fue reclutado para ir a Filipinas, donde los rebeldes tagalos y los yanquis amenazaban los últimos vestigios imperialistas de España.

El destino quiso que él y medio centenar de compañeros fueran destacados a Baler, una pequeña aldea costera situada a doscientos kilómetros al norte de Manila, en el llamado Distrito Príncipe, en junio de 1898. Ante la inminencia del ataque, pues las sublevaciones ya habían empezado semanas antes en todo el archipiélago, el destacamento se atrincheró en la encalada iglesia de la villa, fundada por franciscanos, puesto que era una posición sólida. Los habitantes del pueblo huyeron el 27 de junio de 1898. El infierno acababa de empezar para aquel reducido grupo de españoles. Con víveres y municiones, la guarnición se dispuso para el combate. Tres días después ya estaban sitiados. Y el intercambio de fuego no se hizo esperar. El cabo Jesús García Quijano fue el primer herido del destacamento español.

Los tagalos pidieron la rendición de la guarnición desde el principio, creyendo que medio centenar de soldados, muchos de los cuales caerían pronto enfermos, no aguantaría sino unos pocos días. Qué lejos iba a estar ese pensamiento de la realidad. Pronto se produjeron las primeras deserciones, mientras los sitiadores se las ingeniaban para minar la moral de los españoles no en vano, llegaron a colocar a decenas de mujeres semidesnudas en las inmediaciones de la iglesia. Pero sin éxito. Mientras tanto, los sitiados hicieron de la iglesia un verdadero e inexpugnable fortín: construyeron un pozo, hicieron un horno, cavaron trincheras y consolidaron muros...

La caída de Manila En agosto cayó Manila en manos yanquis. En Baler moría el soldado Julián Galvanete y desertaba Jaime Caldentey. Dos franciscanos españoles fueron enviados como emisarios del enemigo. Y se quedaron en el sitio, prestando su apoyo espiritual para que la moral de la soldadesca no decayera. Pero quien no entendía de fortaleza anímica era el beriberi (enfermedad producida por carecencia de vitamina B1 o tiamina), que diezmó a la guarnición. El capitán Enrique de Las Morenas fue una de sus víctimas. Su agonía estuvo presidida por las alucionaciones y los delirios, que le llevaron a mantener conversaciones imaginarias con sus familiares en España e incluso a otorgar la amnistía a los sitiadores. Pobre infeliz. Murió en noviembre, pero antes lo habían hecho el soldado Francisco Rovira por disentería, el párroco, Gómez Carreño, el cabo José Chávez, el teniente Juan Alonso Zayas y el soldado Román López. También había heridos de bala, puesto que los enfrentamientos eran diarios.El teniente Martín Cerezo quedó al mando tras la muerte de Las Morenas y Alonso Zayas. Y el beriberi seguía haciendo de las suyas: Juan Fuentes, Baldomero Larode, Manuel Navarro, Pedro Izquierdo... En total, trece caídos por las enfermedades. Pero aún habría de aparecer otro terrible enemigo: el hambre, ya que buena parte de los víveres almacenados se habían podrido por la humedad.

Desesperación

Casi alucinados por el hambre, la enfermedad, el calor asfixiante y pagajoso, los miembros del regimiento de Cazadores número dos eran ya una suerte de fantasmas. Pero seguían teniendo claro que venderían cara su piel. En diciembre dos hechos marcaron su existencia: el primero, una valiente incursión de dos soldados españoles que, aprovechando el despiste de los centinelas tagalos, prendieron fuego una noche a buena parte del pueblo. La otra fue una ofensiva con un objetivo claro: comer. Conquistaron una huerta, de la que arrancaron brotes de calabazas, plataneras silvestres, tallos de naranjos, verduras. Aprovecharon el golpe para abrir los portones de la iglesia y orear el interior, cuyo cargado ambiente era malsano.

Los combates se sucedían, así como las invitaciones a la rendición. Otro emisario español intentó, en vano, convencer al destacamento, que consideraba que era una treta como cualquier otra para hacerlos ceder. Ni tan siquiera los ejemplares de periódicos que les hacían los sitiadores con noticias sobre la venta del archipiélago y el fin de la guerra les hacía capitular. Las bajas se sucedían por beriberi y el hambre volvería a hacer su aparición, así que el instinto de supervivencia se impuso: comieron gatos, ratas, culebras e incluso perros. En febrero un nuevo emisario español, el capitán Olmedo, intervino para poner fin a aquella locura. Otra vez en vano. La guerra entre filipinos y norteamericanos no se haría esperar y estallaría ese mismo mes, complicando todavía más la situación del sitio de Baler.

La capitulación

La presión psicológica de los sitiados era brutal. Tres de ellos, un cabo y dos soldados, intentaron desertar y fueron detenidos. La única buena noticia, el mes siguiente, fue la súbita -y benditaaparición de tres carabaos (búfalos autóctonos) cerca de la iglesia, que fueron capturados y dieron alimento de fundamento a la diezmada guarnición. En abril arribó a la costa de Baler el cañonero Yorktown. El final parecía inminente. El desánimo cundió de nuevo entre los soldados. Trece hombres habían muerto por disentería y la mayoría estaban heridos. En mayo Martín Cerezo decidió preparar la huida a Manila del destacamento: fusilan a los presos y se prestan a marchar de madrugada, pero la idea es abortada en un momento de lucidez del teniente. El 2 de junio llegó la capitulación: se iza la bandera blanca con una condición: que sean tratados con honor y se perdonde su vida o, de lo contrario, «moriremos luchando». Las condiciones se aceptaron. La iglesia fortín de Baler fue abandonada por 33 hombres cadavéricos. La epopeya de los héros de Baler, Los últimos de Filipinas había terminado.

El último de los últimos

Una vida intensa.

Marcelo Adrián Obregón, que fue un excelente tirador, como demostró en el sitio de Baler, fue testigo de excepción de los hechos más importantes de España hasta la Guerra Civil

A mediados del mes de noviembre del año 2000 se puso fin a un enigma que tenía intrigados a los habitantes del pequeño pueblo conquense de Buenache de Alarcón. El motivo era una tumba sin nombre en el cementerio viejo, cubierta de maleza, de la que sólo se veía una cruz herrumbrosa. Bajo aquel manto de tierra aún se podía leer una inscripción: Aquí yace Marcelo Adrián Obregón, héroe de Baler, fallecido el 13 de febrero de 1939. Los habitantes de Buenache no sabían que en el definitivo jardín de los suyos estaba enterrado un héroe. Uno de aquellos a los que se dio en llamar Los últimos de Filipinas. Y que precisamente el hecho de que no se supiera le convertía en el último de los últimos. No en vano, y por expreso deseo de uno de sus sobrinos, Eladio Adrián -ya fallecido-, se había descubierto el secreto que escondía el camposanto. Y se cumplía así el deseo de él y de otros descendientes: que los restos del héroe burgalés, tantos años anónimos, descansaran en el Mausoleo a los Héroes de Cuba y Filipinas que hay en el cementerio de La Almudena, en Madrid, junto al resto de sus compañeros.

La historia de Marcelo Adrián Obregón fue un ir y venir constante que se prolongó incluso después de muerto. Era el tercero de los cinco hijos que tuvieron Petra y Francisco, propietarios de un telar en Villalmanzo. Con diez años quedó huérfano de ambos progenitores y fue acogido primero por su abuela materna y después por un tío que trabajaba de empleado en una tienda de tejidos en la calle Santander de la capital burgalesa. Pero su estancia en Burgos no duraría mucho: un amigo de su padre, Hilario Higón, a la sazón presidente del Tribunal Supremo y de ascendencia burgalesa, apiadándose de los sucedido en la familia de su amigo, resolvió llevar a Marcelo a servir con él a Madrid. Corría el año 1891 y empezó a trabajar de botones. Sin embargo, su plácida vida en la capital -se enamoró de una doncella, Hilaria Cuesta- iba a verse truncada en breve. Con 18 cumplidos, estaba en edad de hacer el servicio militar. En mala hora. Los rebeldes tagalos ya afilaban sus cuchillos cuando su quinta fue llamada a filas. En diciembre de 1896 zarpó rumbo al archipiélago del Pacífico. Tenía 19 años.

Participó en la toma de Silán, en la batalla de los montes de Paray, luego en Managondón, luego Bulacán hasta que en febrero de 1898 llegó destacado al pueblo costero de Baler. Marcelo Adrián Obregón tenía una vista extraordinaria y era un excelente tirador. Por eso los mandos le colocaron en un puesto de vigilancia en la torre de la iglesia. El asedio fue tan brutal que en ocasiones, dada la intensidad de las ráfagas que disparaban los tagalos, tenían que subirle la comida en una polea. Marcelo disparaba a todo lo que se moviese, ya fuese enemigo o anima. «¡Marcelo, mátalo!», le gritaban a menudo los compañeros. El resto de la historia es conocida. Salvó su vida heroicamente y regresó como uno de Los últimos de Filipinas que pudieron contarlo. recibió homenajes y condecoraciones. Regresó a Villalmanzo el 3 de septiembre de 1899. Fue todo un acontecimiento en la pequeña localidad burgalesa. Fue recibido como lo que era, un héroe. Pero en octubre regresó a Madrid.

Volvió a servir a Hilario Higón y se casó con Hilaria en 1900 en la iglesia de Santa María La Real de la Almudena y fijaron su residencia en la calle Bailén. Abrieron un negocio de frutas y verduras que qubró, aunque él trabajaba como mozo de guardamuebles en el Palacio Real, ya que la por entonces regente Reina María Cristina (1902) había mostrado interés por los héroes de Baler. El matrimonio no tuvo hijos, aunque criaron a varias sobrinas. Marcelo ocupó varios trabajos en Palacio, donde llegó a servir hasta 1935, lo que le permitió vivir muy de cerca una serie de acontecimientos cruciales en la vida de España: desde el atentado del anarquista Mateo Morral a Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battemberg el día de su boda (1906) a la proclamación de la II República (1931) y el consecuente exilio de los reyes y, cómo no, la Guerra Civil (1936). «Una guerra me quitó la juventud y otra me quitará la vida», dijo en una ocasión de modo premonitorio.

Tras la sublevación militar de julio del 36 perdió el empleo. A finales del 37 se trasladó al pueblo de Buenache de Alarcón, en Cuenca, donde su sobrina Hilaria (a la que cuidó de niña) era maestra. Murió poco antes de terminar la guerra, el 13 de febrero del 39, a los 62 años. El héroe de Baler fue enterrado en el cementerio conquense, dando paso a la leyenda y al misterio que acabó en el año 2000.

EN LA ALMUDENA

Un solemne homenaje a Marcelo

«Los ejércitos de España son herederos y depositarios de una gloriosa tradición militar. El homenaje a los héroes que la forjaron es un deber de gratitud y un motivo de estímulo para la continuación de su obra». Así reza el artículo 16 de las Reales Ordenanzas para las Fuerzas Armadas. Y así se cumplió con Marcelo Adrián Obregón, el último de Los últimos de Filipinas en ser enterrado en el Mausoleo a los Héroes de Cuba y Filipinas que hay en el cementerio de La Almudena de Madrid. El solemne y multitudinario acto se celebró el 15 de noviembre del año 2000. Fue presidido por José Ramón Lago Vázquez, general jefe de la Región Militar Centro. La secuencia del acto consistió en el saludo a los familiares y autoridades, la colocación del féretro en el túmulo, una misa de campaña, lectura de las reales ordenanzas, relato de los hechos acaecidos, el acto de homenaje a Marcelo y al resto de los caídos, entrega de la bandera a los familiares, inhumación de los restos del combatiente burgalés, colocación de la corona, lectura del soneto «A los que dieron su vida por España», toque de oración, descarga de fusilería y un responso. Marcelo Adrián Obregón, natural del pueblo burgalés de Villalmanzo, fue enterrado con todos los honores 61 años después de su fallecimiento.

Su sobrino Eladio Adrián cumplía así su objetivo de reponer la memoria de su tío, héroe de Baler, el único que aún no descansaba con el resto de sus compañeros. El Ejército español homenajeó así a él y al resto de sus compañeros.


EL orgullo de Villalmanzo

Una plaza y una calle de Villalmanzo llevan el nombre de Marcelo Adrián, en homenaje a su paisano, uno de los hijos más ilustres del pueblo. «Es un verdadero orgullo para Villalmanzo que Marcelo fuera de aquí», afirma Jesús, el alcalde de la localidad burgalesa.

En el año 2000 asistió invitado por el Ejército al emotivo acto de inhumación del soldado de Filipinas. Fue un día impresionante. Me di aún más cuenta de la importancia de lo que hicieron Marcelo y sus compañeros. Fue realmente estremecedor el homenaje que se les rindió y el respeto y la admiración que los altos mandos tributaron a su recuerdo», señala.

La calle con el nombre del héroe de Baler se puso en el año 1900, al poco de regresar del archipiélago, señala el regidor, que apunta que llevan un tiempo haciendo gestiones para que la plaza que también lleva el nombre del insigne soldado tenga un monolito o un escultura que recuerde el origen «cascajuelo» de Marcelo Adrián.

Asimismo, no descartan realizar gestiones para hacer hermanamientos con algunas localidades filipinas, pues les consta que otros ayuntamientos cuyos hijos ilustres son Últimos de Filipinas, ya lo han hecho. En 1899, en el pleno del 15 de octubre, se acordó nombrar ’Hijo adoptivo Especial’ al héroe de Baler.

También se acordó colocar en el sitio preferencial del salón de sesiones o plenos de la Casa Consistorial una inscripción memorable de su nombre y de su heroísmo.

Algunos lejanos familiares de Marcelo pasan unos pocos días del año en Villalmanzo. Este periódico se puso en contacto con varios de ellos, y todos recordaban con lejano cariño el recuerdo de ese ilustre antepasado. En cuanto a los recuerdos que el fallecido sobrino Eladio Adrián, celoso guardián de la memoria de su tío, tenía de éste, fueron donados al Museo del Ejército, en Madrid.

Entre otras pertenencias tenía una pipa traída de Manila, la cuchara que utilizó durante el sitio de Baler para comer, una caja de plumines que utilizaba el rey Alfonso XIII y que le regaló cuando estuvo a su servicio en el Palacio Real, el sombrero de paja que utilizaba para defenderse del asfixiante calor de Filipinas, con el que aparece en la fotografía de la página anterior, todas sus medallas (La de Isabel La Católica, la del Rey de Portugal, entre otras), una pitillera, recortes de periódico...

Por otro lado, la Diputación de Palencia ha organizado los días 30 de junio y 1 y 2 de julio un encuentro de amistad hispano-filipina con el hermanamiento entre Palencia y Aurora, provincia cuya capital es Baler.

3 Mensajes

  • Marcelo Adrián, Villalmanzo (Burgos) Le 26 de diciembre de 2009 à 13:38, por Luis

    Impresionante reportaje. Enhorabuena al autor y gracias por esta página que no olvida a aquellos valientes. Un saludo.
    Luis

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  • Marcelo Adrián, Villalmanzo (Burgos) Le 21 de marzo de 2010 à 20:16, por Eduardo Diaz

    Puede alguien informarme como poder conseguir los nombres de aquellos soldados espanoles que regresaron vivos desde Filipinas? Existe algun instituto militar o Ministerio del gobierno de Espana que tenga esta informacion?

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  • Marcelo Adrián, Villalmanzo (Burgos) Le 4 de diciembre de 2014 à 00:36, por J. Víctor

    Magnifico reportaje, mi mas cordial felicitacion al autor. Uno de los mejores que he leido sobre el héroe Marcelo Adrian Obregón,que su memoria perdure en el tiempo. Como dijo el presidente filipino "podrian ser dignos hijos del Cid o de Pelayo"

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